Ben-Isa

Ben-Isa

benisa Posiblemente esta leyenda sobre el origen del nombre de la ciudad de Benisa venga a probar que el amor es el elemento que une las cosas en general, mientras que el odio las disocia. Y no cabe ninguna duda de que fue el amor puro, romántico, platónico quien unió a aquella dispar pareja que fueron Ben e Isa; y que fue, posteriormente, el amor del padre de Ben, tras un acceso de reprochable odio, quien unió indisolublemente el nombre de los amantes y bautizó la bella ciudad alicantina.

Las cosas sucedieron así. Era el padre de Ben, Arafa, el jefe de tropa de un poderoso señor, cuyo nombre no consta en los archivos. Lo que sí dicen es que Arafa estaba establecido en una cueva de la llamada garganta de Gata. Y un buen día, allá por el setecientos y pico, decidió que ya estaba bien de paisaje agreste, de gargantas y de tanta exhuberancia salvaje. Siempre le habían dicho que el carácter era consecuencia directa del paisaje. Sus guerreros eran ciertamente feroces y nada contemplativos con la sola excepción de su hijo Ben, que le había salido un soñador. Sin embargo, Arafa, amaba la belleza; así que se dejó seducir por el encanto de aquel trozo de costa que se domina desde el peñón de Ifach, por sus límpidas aguas, por sus rumorosos pinos, por sus abundantes arroyuelos, etc.

Claro que no era solo la belleza del terreno lo que le movía. Arafa era ambicioso y pretendía reinar sobre toda esa parte de la provincia alicantina.

ben-isa En aquella época de principios de la dominación árabe no habían escrituras ni registros de propiedad que valiesen. El método era sencillo: tierra que coges, tierra que tienes. Y Arafa no lo dudó. Llegó con sus huestes con el decidido propósito de quedarse.

La cosa ocurrió, según parece, una cálida noche de verano, cuando la suave fragancia de la vegetación estaba en su apogeo. Esta circunstancia tan poética hizo que el hijo de Arafa, Ben, de natural poco belicoso como se ha dicho, dejase la conquista para los otros, mientras él se dedicaba a contemplar el paisaje. Los pobladores de estas tierras, ante la duda de que Arafa respetara a los cristianos optaron por hacer las maletas. Todos menos uno, que estaba harto de tanto viaje. Se trataba de Garcés, en propietario venido a menos, que decidió rendir vasallaje al invasor conservando su fe clandestinamente. Cualquier sacrificio con tal de conservar viva y feliz a su hija Isa.

El nuevo rey acabó aceptando entre sus súbditos a un posible traidor cristiano y a su hija, antes que tener que partirle la cabeza a Ben. Pero Ben se enamoró de Isa y, no contentó con esto, pretendió hacerla su esposa. Arafa se opuso terminantemente, pero Ben ; flores... y paisajes y aromas y versos. Y tal que así los pilló Arafa después de una desafortunada correría por los taifas circundantes. Su natural malhumor lo pagaron Isa y Ben, cuyas cabezas quedaron allí tendidas, después de haber sido limpiamente separadas de sus bellos cuerpos por orden de Arafa.

Pero como sucede casi siempre, esa misma noche se arrepintió Arafa y decidió instalar la capital de su reino en el mismo lugar donde Isa y Ben instalaron su nido de amor perpetuo, bien que involuntariamente. A ese lugar que le llamó desde entonces Benisa. Reparación algo tardía para los desafortunados amantes.